Una trágica historia de la vida después del trabajo.

Trabajo

Karen siempre ha sido una colabora estrella, atenta y muy dedicada a su trabajo. Creció dentro de la organización desde que entró al área de envasado de botellas, mientras lo hacía estudió contabilidad y posteriormente finanzas.

Pasaron 10 años llenos de muchas emociones, vio gente ir y venir, amistades y alguna que otra relación áspera decoraron su trayectoria en la organización. Lo invariable fue su compromiso, su amor por la organización, y dicha actitud siempre fue retribuida por los propietarios, quienes no dudaban en asignarle tareas de máxima confidencialidad al mismo tiempo que trataban de hacerla sentir lo más cómoda posible en su puesto.

Karen compartió la noticia de que estaba embarazada de su tercera hija, una gran alegría más allá del reto que sería que alguien la reemplace durante su baja de maternidad. Ella pretendía atender sus labores desde casa mientras atendía a su hija, pero no, ni siquiera era una opción, una de las propietarias le dijo que se dedique a descansar, a recuperarse del parto y a disfrutar de su bebé.

Los meses pasaron hasta que Karen marcó su última salida en el reloj de asistencia antes de dejar su puesto de trabajo por su baja de maternidad, ilusionada y al mismo tiempo ansiosa por un nuevo miembro de su familia.

Su reemplazo lo hizo suficientemente bien, claro que no era como Karen, nadie lo sería, pero no estuvo mal. El equipo se enteró de la llegada de su hija, todos le hicieron llegar muchas felicitaciones y le aconsejaron que disfrute de este tiempo, de este caos hermoso que es la llegada de un hijo.

Pasado un poco más ya a punto de cumplirse la licencia de maternidad, una tía muy querida de Karen le aconsejó quedarse en casa, que haga uso de sus vacaciones y extienda un poco más el período que estaría afuera, total que su reemplazo no estaba del todo mal y ya recuperada Karen estaba atendiendo llamadas y respondiendo algunos correos para orientar al muchacho. No es que haya sufrido una depresión postparto, pero mientras su bebé dormía y con sus otros dos hijos en la guardería ella sentía la necesidad de irse conectando de a poco a su mundo, un mundo ya de por sí diferente, no era ajena a la maternidad, pero aun así se sentía primeriza.

Karen hizo caso omiso a la recomendación de la tía, impetuosa, tal vez un poco soberbia, pecando como quien quiere anticiparse al tiempo, dijo que buscaría una niñera para que atienda al bebé solo por las mañanas mientras ella y su esposo estaban trabajando y sus hijos en sus clases. Quería volver a trabajar, y el teletrabajo en ese entonces no era más que un disparate.

¿Habrá recibido presión por parte de los propietarios por volver? ¿O habrá sido ese inefable espíritu de trabajo que la obligó a retornar ciegamente ignorando todos sus instintos e intuición? Sea cual fuere, aquello marcó el destino.

La persona que contrato no tuvo contratiempos hasta pasadas 3 semanas, cuando Karen recibió una llamada sollozando, la persona a cargo sacó a pasear a la bebé, pero no aseguró el carrito en el que iba. Por desgracia el carrito rodó hasta una acera y se volteó dejando caer a la bebé de cabeza. Karen solo sintió todo a su alrededor perder color, el escalofrío que baja por la espina y la mente nublada mientras corría hacia su casa. Llegaron a emergencias, pero ya era tarde, el daño permanente estaba hecho. Difícil es recordar todo lo que pasó durante ese tiempo, ¿quién quiere hacerlo de todas maneras?

Karen tenaz e inquebrantable, a partir de esa fecha se alejó de la compañía para dedicarse 100% a la recuperación de su hija. Los propietarios le ofrecieron facilidades para que adapte su trabajo y atienda a su hija, pero ya no había punto de retorno, claro que ellos nunca se enteraron de todo lo sucedido, Karen prefirió la reserva en ese caso.

Y es que muchas veces olvidamos que después del marcado de salida hay toda una vida de con quienes trabajamos, una vida llena de subidas y bajadas, tan diversa y misteriosa que escapa a nuestra comprensión, pero nosotros no escapamos a ella, en cierta forma le pertenecemos.

En nuestros reinos chiquitos nos conforta la ilusión de control sobre algunas cosas, pero no hay nada más efímero. En muchos casos pretendemos que la dignidad quede colgada en la puerta cuando la gente entra para poder gritarles o “gestionarlos” como recursos.

Jefes duros e insensibles, proyectando dureza y un escudo de papel que no protege de nada, que no une, sino que divide.

Recordemos la humanidad de nuestra organización, de los miembros de nuestro equipo y que detrás del reloj de marcado, de los emails, los memos y los números, hay vida.

¡Buena caza!

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